El empleado corcho siempre flota

El empleado corcho siempre flota

21 febrero, 2026 0 Por JLHA

Por mucho que se muevan las aguas, los corchos siempre flotan. Hablamos de profesionales especialistas en adaptarse a los vaivenes de las mareas, gracias a su admirable habilidad a la hora de mantenerse en la capa superficial, sin generar molestias ni aportar mucho valor. Aunque cambie el contexto y la organización, los corchos siguen en su posición habitual, casi imperceptibles, sirviéndose de la ligereza que confieren materiales como el escepticismo y la pasividad. No se puede aspirar a ser un buen corcho si no se domina el arte que mejor define su perennidad: ponerse de perfil.

El verdadero riesgo de los corchos no es que existan, sino que se multipliquen. Si una empresa se deja infectar por el virus de la comodidad individual, lo va a tener muy difícil a la hora de afrontar los retos colectivos del futuro. Eso que mucha gente llama complicarse la vida es fundamental para la supervivencia digna de las empresas. Cuando no hay gente que quiera complicarse la vida con generosidad, no hay otra perspectiva que la decadencia.

Las empresas excelentes saben generar culturas que potencian la iniciativa de las personas. Son organizaciones que hacen suyo el conocido lema: “cuando dudes entre hacer y no hacer, escoge siempre hacer”. Es que uno de los peores síntomas de cualquier equipo es que sus miembros, ante este dilema, digan: “aquí lo mejor es estar quieto parao y callao”.

Hay una serie de empresas que incorporan una serie de hábitos inconscientes que fomentan la propagación de los corchos. Hábitos que están muy ligados a los liderazgos impulsivos que desgastan actitudes profesionales tan preciadas como la iniciativa, la implicación y la motivación. Veamos tres de estos hábitos:

  • La sobresaturación. Esta se produce cuando el trabajo no se asigna a quien le correspondería, sino a quien lo acaba sacando con mayor solvencia. De esta forma, las personas más visibles y competentes de la organización comprueban cómo su mochila de tareas y responsabilidades se va cargando hasta extremos insostenibles, mientras que los compañeros más discretos e ineficientes flotan en una especie de ingravidez liviana, defendida siempre con el mismo escudo argumental: “no tengo tiempo, voy muy liado”.
  • La penalización. Consiste en dirigir la mayoría de las reprimendas a los profesionales que hacen cosas y que, consecuentemente, se equivocan. Se genera una especie de tolerancia tácita respecto a las personas inactivas, que no arriesgan ni toman la iniciativa.
  • La burocratización. La vemos en las empresas que matan la ilusión a base de trámites estériles. Es cuando las personas dinámicas que quieren emprender una idea tienen que: rellenar un formulario previo, completar un Excel, enviar un correo a Fulanito, poniendo copia a Menganito, luego organizar las reuniones, solicitar tres autorizaciones, generar cuatro carpetas compartidas y un largo etcétera.

Sobresaturar, penalizar y burocratizar son tres formas habituales de desincentivar la acción en las empresas. Sólo se pueden combatir a base de fuerzas contrarias, es decir, con un reparto equitativo del trabajo, una cultura que premie la iniciativa y una organización altamente eficiente. Porque una empresa compuesta sólo por profesionales corcho puede que flote, pero jamás avanzará.

En FFACT, en el apartado TO THE EXCELLENCE encontrará un interesante cuestionario de 40 preguntas sobre «las habilidades directivas» que le ayudará a reflexionar sobre este importante tema.

Feliz semana a tod@s.