Añade valor

27 febrero, 2016 0 Por JLH

Cuando vas por las empresas es muy normal oír la expresión de “añade o no añade valor”. En muchas ocasiones las personas que la pronuncian no sabemos hasta qué punto conocen su auténtico significado y transcendencia.

En nuestro programa TO THE EXCELLENCE, al que puede Vd. acceder desde aquí, en el cuestionario relacionado con “la fabricación” existe la pregunta número 14 que indica lo siguiente:

¿Elimina la compañía, de una forma sistemática, todas aquellas actividades fabriles que no añaden valor al producto y que el cliente, si las conociese, no estaría dispuesto a pagarlas?

En muchas ocasiones los diseños del producto y del proceso de fabricación adolecen de una enorme rutina y de una notable ausencia del conocimiento de lo que necesita el cliente. Vamos a lo nuestro, a lo que salga a la primera y, con frecuencia, en lo último que se nos ocurre pensar es en las necesidades del cliente y en los costes de los tratamientos. A veces en productos diseñados por el mismísimo cliente nos olvidamos de la composición del coste y sólo miramos el importe resultante para fijar el precio de venta con el consiguiente margen.

No debemos olvidar que el coste directo y final de un producto viene determinado por el grado en que se consumen sus tres grandes componentes: las materias primas, la mano de obra directa y los gastos directos de fabricación. La mayoría de ellos están dimensionados de acuerdo con las actividades que se llevan a cabo en el proceso fabril. En las fábricas suelen existir un montón de actividades que realizan las personas y las máquinas que no añade valor al producto, es decir que de una u otra forma se debieran haber eliminado. No nos engañemos estas actividades están costando un “pastón” que la empresa no tiene más remedio que repercutirlo en el mercado. Es bien cierto que, si éste tiene un volumen exorbitado, el cliente no traga y recurre a la competencia que ofrece unos precios mucho más afinados. No hablemos cuando el cliente tiene acceso a las actividades que se llevan a cabo para fabricar su producto, con sus costes correspondientes. Hay un rifirrafe entre el fabricante y el cliente para eliminar todas aquellas actividades que para este último no añade valor a su producto y por tanto no está dispuesto a pagarlas.

Cuando comentamos este tema de añadir valor la gente tiende a pensar únicamente en los reprocesos como figura máxima de las actividades que no añaden valor. Es bien cierto que ésta es una de ellas, pero hay un montón más que conviven con ella. Si se tiene la paciencia de identificar todas las actividades que se llevan a cabo para situar en el almacén de salida un producto determinado ya tendremos un óptimo inicio. A renglón seguido deberemos aplicar un método, que nos garantice éxito, para analizar todas las actividades detalladas con sus componentes y costes al objeto de detectar todas las que no añaden valor al producto de acuerdo con el punto de vista del cliente. Una vez realizado lo anterior, viene la tarea más difícil y es la poner en práctica lo estudiado eliminando o modificando las actividades detectadas. Una vez implementados los cambios se debe comprobar la rebaja efectiva en los costes. Si no se da la reducción de costes esperada es que algo importante ha fallado en este procedimiento. Se debe reconsiderar en su totalidad e identificar los posibles fallos. Entre los mismos suele darse el de una cierta condescendencia y un poco rigor en la clasificación de las actividades eliminables.