La complacencia compartida conduce a la mediocridad
En la empresa es necesario reivindicar aquellas voces que no dudan en decir la verdad cuando algo no funciona. No nos engañemos, hace falta coraje para expresarse con sinceridad. Y también hace falta una cultura que lo permita y lo valore.
Existe una matriz que cruza dos ejes: preocuparse por las personas y tener coraje de desafiarlas. Según como se combinan estos dos elementos pueden surgir cuatro escenarios:
- La empatía ruinosa. Es el más habitual en las empresas excesivamente simpáticas, donde todos quieren agradar, pero nadie se atreve a dar un feedback honesto. Cuando un compañero hace un trabajo flojo, pero nadie le dice nada para no incomodarlo, se está promoviendo la mediocridad. Esta actitud para evitar conflictos, que puede parecer compasiva, es en realidad perjudicial para todos: para quien no mejora, para quien asume la carga extra y para la empresa que renuncia a la excelencia.
- La insinceridad manipuladora. Se da cuando no hay empatía ni exigencia. En estos entornos tóxicos se dice lo que conviene para quedar bien, pero se piensa lo contrario. La hipocresía y el juego político son norma de actuación. Además, la falta de coherencia y las medias verdades generan equipos desorientados, desconfiados e incapaces de dar lo mejor de sí mismos.
- La agresividad ofensiva. Se produce cuando se exige mucho, pero sin cuidar a las personas. Aquí se confunde el liderazgo con el autoritarismo, y el feedback con el reproche. Se crea un ambiente de miedo al fracaso, donde el talento se reprime y el compromiso se diluye. Puede funcionar a corto plazo, pero termina generando desmotivación y fuga de cerebros.
- La franqueza radical. Es el cuadrante ideal. Es la actitud de quien dice la verdad desde el respeto, con la intención de ayudar al otro a crecer. Es una especie de valentía al servicio del progreso, con vocación de crear un espacio donde el rendimiento y el bienestar vayan de la mano. Un entorno donde los errores pueden señalarse porque también pueden corregirse y donde la confianza se construye precisamente porque hay sinceridad.
Cuando falta esta cultura de la franqueza radical, las empresas se convierten en versiones modernas del reino del rey desnudo: todos ven el problema, pero nadie lo verbaliza señalándolo. Por temor o por interés. En cualquier caso, se acaba generando una especie de complacencia compartida que sólo puede conducir a la mediocridad. Es imprescindible recuperar aquella franqueza radical que permite decir lo que uno piensa. No para destruir, sino para ayudar a construir.
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Feliz semana a tod@s.
